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Capítulo 1: ¿Por qué se producen las rabietas?

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Viernes, 17:00 hrs, en la puerta del cole y dos mamás hablando: “lo mejor es que le dejes llorar hasta que se canse”, “pues yo estoy tan cansada que le doy lo que quiera con tal de tener paz…”.

Ay…las temibles rabietas. ¿Cuántas veces no escuchamos a padres desesperados diciendo frases como: ”ya no sé qué hacer, por cualquier cosa tenemos una rabieta”, “¿el tuyo tiene muchas rabietas?”, “¿Y cómo lo solucionáis?”

Si tu hijo tiene entre 1 año y medio y seis años es muy posible, y deseable, que haya tenido alguna rabieta (o quizás muchas). ¿Por qué digo deseable? Pues porque las rabietas se producen cuando el niño se está desarrollando favorablemente. Y es que a partir del primer año de vida comienza un periodo en su evolución caracterizado por la autoafirmación, que se manifiesta, entre otras cosas, con las famosas rabietas o berrinches.

Anterior a esta edad el niño todavía no ha logrado captar que es alguien diferenciado de los padres. En el momento que se da cuenta que puede desear, ser y sentir de forma diferente a sus mayores es cuando busca la forma de decir: “¡hey

, que yo soy yo, no soy tú y puedo querer cosas diferentes a las que tú quieres!” Con lo cual, cuando no se satisface su deseo o alguna de sus necesidades, el niño sufre una intensa frustración que le hace reaccionar pidiendo lo que está convencido debe dársele. Y está convencido porque hasta entonces era casi siempre así: tengo hambre y me dan comida, sueño y me llevan a la cama, lloro y me cambian el pañal o me hacen arrumacos…”¿Por qué están cambiando las cosas????”, se pregunta el niño perplejo.

Lo sano es que reacciona ante la “injusticia” y pide (¡papás, mamás, lo estáis haciendo bien!). El asunto es que, al principio, no sabe hacerlo de la forma adecuada sino a través de la expresión descontrolada de sus emociones.

¿Y cómo sería de la forma adecuada? Podría ser…

  • Expresando con palabras lo que le ocurre: ¡pero es que el niño todavía no ha adquirido el lenguaje!
  • Entendiendo la razón de nuestra negativa a sus deseos: su cerebro, aún inmaduro, es incapaz de establecer la relación entre una acción y sus consecuencias. Por ejemplo, no puede entender que si se atiborra a dulces después le dolerá la tripita y que además no comerá otros alimentos que son necesarios para mantener su salud.
  • Esperando y distrayéndose: todavía no tiene la madurez necesaria para esperar pues no puede ver a largo plazo – “no lo tengo ahora pero sí dentro de una hora, o mañana o para mi cumple”- ya que solo tiene la noción de presente. Los adultos sí podemos ver la recompensa y la ubicamos en un futuro determinado, sabemos lo que significa una semana y buscamos la forma de distraernos para aplacar los nervios de la espera. Sin embargo, para el niño de 2 años lo único que existe es el presente al no haber logrado interiorizar aún la noción de espacio y tiempo.

A medida que el niño va creciendo y vamos enseñándole a manejar sus emociones para que no recurra a las rabietas, éstas irán disminuyendo en frecuencia e intensidad hasta casi desaparecer hacia los 5 años de edad aproximadamente.

Tenemos que saber que aumentarán cuando el niño esté cansado, enfermo, aburrido, con hambre o…cuando no estemos haciendo las cosas bien. Si hacia los 4 años de edad las rabietas o berrinches no van progresivamente perdiendo fuerza, deberíamos plantearnos si está ocurriendo algo: ¿tiene algún problema nuestro hijo? ¿Entiendo a mi hijo? ¿He buscado información para comprenderlo? ¿Busco profesionales que me ayuden a manejar estas situaciones? ¿Cuándo pasa a ser un problema serio?

Lo esperanzador es que tiene solución y cuánto antes hagamos un ejercicio de reflexión, madurez e inteligencia en el que reconozcamos que una situación se nos está yendo de las manos, antes podremos enderezarla y volver a estar relajados, a disfrutar de nuestro hijo y a prevenir futuras conductas desajustadas.

Comprender que nuestro hijo, para construir su personalidad, necesita reafirmarse ante nosotros y nos pide, enrabietándose, que respetemos sus deseos conseguirá que nos pongamos en su lugar más fácilmente y reaccionemos de forma calmada.

Os puedo asegurar que, aunque el camino para educar correctamente al niño sea largo, no siempre fácil y en ocasiones frustrante, si buscamos métodos adecuados el resultado será muy satisfactorio y positivo y el camino más alegre y relajado. Estaremos creando la base para un futuro adulto feliz y responsable además de sentir, como padres, que hemos hecho un buen trabajo.

Ángeles Martín Valle

Psicologa, Psicoterapeuta y Formadora

 

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Publicado en: Inteligencia emocional

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